¿Y ahora qué hacemos con Berlusconi?

Madrid. Nadie en el seno de la Unión Europea quería volver a verle ni en pintura en las grandes cumbres europeas, pero la voluntad de los italianos ha querido que la estampa de Silvio Berlusconi reaparezca con renovado brío en el horizonte político europeo. De momento, ha logrado la mayoría en el Senado y apenas cuatro décimas le han separado de controlar tambíén la Cámara de Diputados, finalmente ganada por la coalición de centro izquierda liderada por Pier Luigi Bersani.

Y ahora, ¿qué? Hace quince meses, tras desoír los consejos de la Unión Europea en materia económica y acuciado por una prima de riesgo que cada día alcanzaba niveles históricos, Silvio Berlusconi dimitía de su cargo de primer ministro, inmediatamente después de que el Parlamento italiano aprobara un paquete de medidas fiscales de ajuste impuestas desde Bruselas.

Y todos contentos. Buena parte del empresariado italiano, la oposición, por supuesto, y hasta el propio presidente Giorgio Napolitano, que se apresuraba a nombrar a Mario Monti como senador vitalicio, para allanarle el camino hacia el gobierno de tecnócratas que la Unión Europea había solicitado. Mucho más dócil que ‘Il Cavaliere’ a la hora de introducir en Italia el paquete de medidas de ahorro exigido con rebajas fiscales para promover el crecimiento, privatización de propiedades estatales, una mayor flexibilidad del mercado laboral, y aumento de la edad de jubilación hasta los 67 años para 2026. La prima de riesgo italiana empezó a bajar y las medidas de austeridad empezaron a llegar en medio de un clima de creciente indignación ciudadana.

Todos, menos esos casi diez millones de italianos que, cuando han tenido de nuevo la oportunidad de expresarse en las urnas, lo han hecho en el sentido de que la política italiana sin Berlusconi no es posible.

Y, si con Berlusconi llegan de nuevo las incertidumbres, qué decir de la impresionante irrupción de Beppe Grillo, el cómico y bloguero antisistema que, a través del ‘Movimento 5 Stelle’ ha aglutinado el desencanto generalizado de los ciudadanos con los políticos profesionales, hartos de sus componendas y de sus tejemanejes al margen de los intereses de los ciudadanos. El resultado, 8,7 millones de votos, cinco millones más de los obtenidos por un alicaído Mario Monti.

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