viernes, 19 abril 2024
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Aznar: Los “bonitos discursos sociales” nos llevan a un “dramático aumento del paro”

Reproducimos  íntegramente el discurso de Aznar en el Fóro ‘Pensando en la economía’:

Madrid. “Muchas gracias por acompañarnos en estas jornadas del Foro de Ideas Económicas, organizadas conjuntamente por la Fundación del Partido Popular Europeo y la Fundación FAES.

Estamos hoy aquí para hablar de la economía europea y de sus desafíos de futuro. Un futuro, que es también el de España, y que depende en buena medida de las decisiones políticas que tomemos para ganar el mejor futuro.

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En un momento de profunda crisis económica, en el que veinte millones de europeos carecen de empleo y otros millones más temen perderlo, en el que la crisis genera pesimismo en la sociedad, es imprescindible que los gobiernes acierten y tomen el rumbo adecuado en materia económica.

Los ciudadanos europeos demandan de sus gobernantes políticas eficaces para superar la crisis y generar puestos de trabajo.

Y, en Europa, de forma mayoritaria, los ciudadanos europeos han hecho saber de forma democrática qué ideas y qué políticas quieren que sus gobernantes adopten para superar la crisis actual y qué políticas y qué ideas entrañan el riesgo de perpetuar la crisis.

La mayoría de los ciudadanos europeos ha decidido confiar en las políticas de libertad económica y ha decidido también de forma mayoritaria desconfiar del neointervencionismo público, del gasto público excesivo, de los déficit públicos desproporcionados y del crecimiento descontrolado de la deuda pública.

En Alemania, en Francia, en Italia y en muchos otros países europeos, los ciudadanos han optado por gobiernos liberal-conservadores para afrontar la crisis que estalló hace tres años. Y no les ha ido mal.

Son los países que menos han sufrido la crisis, en los que el desempleo menos ha crecido, en los que las cuentas públicas menos se han deteriorado y los que con mayor rapidez están reactivando sus economías.

En España y en el Reino Unido, que ahora tiene una oportunidad importante de cambio, con gobiernos socialistas, la crisis ha sido especialmente dura. En ambos países las cuentas públicas se han deteriorado en mucho mayor grado que en el resto de Europa, haciendo más difícil la reactivación de sus economías y la creación de empleo cuando ésta reactivación se produzca.

En estos casi tres años de crisis, ha habido incuestionables aciertos en las decisiones de política económica, pero también se han cometido errores.

Entre los aciertos, que han permitido eludir el escenario de una nueva Gran depresión y limitar los daños económicos y sociales a los generados por una Gran recesión,  cabe destacar:

En primer lugar, el apuntalamiento de los sistemas financieros a través del refuerzo de las garantías de los depósitos bancarios.

En segundo lugar, la inyección de liquidez desde los bancos centrales para evitar una contracción aguda del crédito en circulación.

En tercer lugar, haber rehuido la tentación proteccionista en el comercio internacional.

No todos han seguido el mismo camino. Algunos gobiernos han entendido que  la solución pasaba por extender cheques por doquier en forma de subvención pública y disparar el gasto público y la deuda pública. Ha sido el caso de España, que ha elevado su déficit público hasta el 11,4% del PIB, un nivel insólito desconocido totalmente en nuestra democracia. Esta ha sido la apuesta equivocada, repitiendo los errores del pasado.

Son los mismos gobiernos que, cuando se han dado cuenta de su irresponsable política de gasto, que lleva inevitablemente  hacia la insostenibilidad de las cuentas públicas, recurren ahora a las subidas de impuestos, una medida también equivocada y plenamente desaconsejable en medio de una recesión.

Otros gobiernos han preferido aplicar políticas sensatas. Han descartado el falso atajo del gasto público  a discreción y del déficit público insostenible y, por el contrario, han preferido avanzar por el camino de las reformas estructurales, un camino menos cómodo para un gobernante, pero desde luego preferible para el conjunto de la sociedad.

Así, países como Alemania han limitado el crecimiento de su déficit público al 3 por ciento de su PIB y han avanzado decididamente en materia de reformas estructurales. Con ello han conseguido que muy pocos ciudadanos hayan perdido su puesto de trabajo, y además han sentado las bases razonables para una recuperación económica sostenida, al haber evitado la pesada carga de la hipoteca de la nueva deuda pública.

Y es que, aunque poca gente parece haber caído en la cuenta, en Alemania la tasa de paro ha subido menos de un punto desde que se inició la crisis hace tres años.  En España, la tasa de paro ha pasado del 10 al 20 por ciento en apenas dos años.

Decía antes que Europa necesita definir su rumbo y avanzar en la buena dirección. Porque, como convencido europeísta que soy, confío mucho en las capacidades de Europa y de los europeos. Los europeos hemos demostrado ser capaces de lograr grandes objetivos, entre ellos, la puesta en marcha del euro. En este momento, necesitamos volver a impulsar las buenas políticas, que son las inspiradas en las ideas de libertad.

Europa debe recuperar la fuerza de la libertad en el proyecto europeo. Europa debe dejar de enredarse en las asfixiantes burocracias que se empeñan en hacer lo que no saben hacer y que no dejan que las personas hagan lo que sí saben hacer.

Necesitamos una Europa que se abra de nuevo al mundo y sea capaz de poner en marcha una ambiciosa agenda de reformas.

De la actual crisis económica, social y de valores no saldrá Europa con más intervencionismo; saldrá con más libertad. No saldrá con más proteccionismo; saldrá con más apertura. No saldrá con más particularismo; saldrá con más ambición. No saldrá con más relativismo; saldrá sabiendo defender los valores que han fraguado nuestro propio éxito.

La crisis actual puede servir para enmascarar los problemas que Europa ya venía sufriendo antes de que estallara la crisis financiera en el verano de 2007.

Hace muchos años que la economía europea no crece con la fortaleza que deseamos. Los objetivos que nos marcamos en la Agenda de Lisboa en el año 2000 claramente no se han cumplido. Y no porque la Agenda de Lisboa estuviera mal diseñada, o porque le faltara ambición, sino porque ha faltado voluntad política para desarrollarla.

Ahora, y con mayor motivo, porque son ya 20 millones los europeos desempleados, necesitamos una nueva agenda económica para Europa que impulse la liberalización, las reformas y la apertura si queremos que la economía europea salga pronto de la crisis, y la supere con creciente dinamismo y fortaleza.

Sin unas finanzas públicas saneadas es imposible lograr un crecimiento económico fuerte y sostenido. La acumulación masiva de deuda pública no forma parte de la solución, sino que supone claramente agravar el problema.

Por eso es fundamental recuperar el sentido común en materia de reglas de estabilidad presupuestaria para el conjunto de Europa.

Y es que, queridos amigos, lo que ha pasado con Grecia y lo que puede pasar con otras naciones europeas, es la cosecha de una gran siembra previa de irresponsabilidad política.

Allá por 2004, cuando Alemania y Francia sufrían una crisis económica muy dura, sus gobiernos tomaron una decisión profundamente errónea: cambiar las reglas de la estabilidad presupuestaria. Relajaron las reglas del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, para poder hacer la vista gorda con el gasto público y el déficit público y evitar, así, las posibles sanciones de aquel Pacto.

Algunos fuimos duramente criticados por advertir en 2004 de las consecuencias futuras de esa decisión política: el riesgo de que algunos países bajasen la guardia y emprendieran el camino de la insostenibilidad a largo plazo de la deuda pública. Porque las reglas valen para todos.

Valían para Francia y Alemania, pero también para Grecia. Y de aquellos polvos, estos lodos, y de aquel pecado, la presente penitencia. Sobre Francia y Alemania recae el 50 por ciento del préstamo de 30.000 millones de euros a Grecia. Y sobre todos, o muchos de los que callan, recae lo que queda.

En efecto. Unos años más tarde, a los déficit públicos estructurales de algunos países se han sumado los déficit generados por la recesión, llevando a algunos Estados europeos a traspasar la línea roja de las cuentas públicas sostenibles.

Por eso es importante y urgente, además de haber aprobado el paquete de ayuda financiera a Grecia, restaurar las reglas del Pacto de Estabilidad y Crecimiento originario, más exigente y sensato que el actual.

De otro modo, el precedente griego corre el riesgo de no ser el último caso de crisis aguda en la Europa del euro.

Europa tiene también un grave problema de empleo que, en el caso de España, es particularmente dramático. En muchos países de Europa, el modelo de relaciones laborales no funciona.

La mayoría de los Estados europeos necesita  un mercado laboral más flexible y en el que se invierta en la empleabilidad de los trabajadores. Porque de esta crisis se saldrá antes si trabajamos más, más personas y más tiempo, no si trabajamos menos, menos personas y menos tiempo.

Y para crear más empleo es necesario reformar el marco de relaciones laborales.

Los gobiernos tienen que asimilar que quienes crean empleo son las empresas, que las empresas deben tener incentivos para contratar, que no se puede obligar a un empresario a contratar, que las rigideces en los mercados de trabajo desincentivan al empresario interesado en contratar, que un alto coste fiscal del empleo reduce inevitablemente el número de trabajadores empleados.

Los gobiernos deben también asimilar que no hay mejor política social que crear empleo. Aunque a algunos se les llena la boca haciendo bonitos discursos sobre derechos sociales, el resultado de sus política es un dramático aumento del paro que sufren ya más de cuatro millones y medio de personas en España. Y no necesitamos más palabras ni más discursos sociales; necesitamos políticas que den a millones de españoles la oportunidad de trabajar.

La izquierda se alegra cada vez que alguien cae en la red de seguridad de la protección social, y nosotros nos alegramos cada vez que alguien es capaz de salir de esa red y aprovechar todas las oportunidades para construir su futuro. Claro que para eso hace falta que no haya gobiernos que cercenen las oportunidades. Necesitamos dos cosas: que haya gobierno y que ese gobierno se dedique a crear oportunidades.

Porque todos sabemos que otras políticas produjeron otros resultados. España lideraba no hace tanto tiempo la creación de empleo en Europa. Creaba más empleo que Alemania, Italia, Francia y el Reino Unido juntos. Y todos sabemos que hoy España crea más paro que Alemania, Italia, Francia y el Reino Unido juntos. Y deben preguntarse si quieren seguir así o si quieren crear políticas para la recuperación.

Es evidente que la recuperación económica no se producirá sin un sistema financiero saneado. La reforma financiera es urgente, como explicamos desde la Fundación FAES en el informe La reforma del sistema financiero internacional. Una propuesta con las lecciones de la crisis, que presentamos hace algunos meses.

Pero conviene entender que la recuperación de la solvencia del sistema financiero vendrá de la mano de la recuperación económica y de la creación de empleo, y que esto último sólo vendrá de la mano de las reformas estructurales.

Europa precisa asimismo de un suministro energético seguro, económico, eficiente, limpio y sostenible. Todas las fuentes energéticas son necesarias para asegurar el futuro de la economía europea. También la energía nuclear, que no excluye a otras.

Porque la energía nuclear no es la solución, pero no hay solución sin energía nuclear. La energía nuclear es limpia, segura, económica y garantiza el suministro estable. 

Hoy, cuando hasta los ecologistas se postulan abiertamente a favor de la energía nuclear, no se pueden cerrar centrales nucleares seguras sólo por caprichos de gobiernos electoralistas.

La Europa que hoy conocemos, la que ha permitido a varias generaciones crecer en libertad, ha sido posible gracias al vínculo atlántico. Europa ha sido un éxito porque ha sido atlántica y seguirá siendo un éxito sólo si continúa siendo atlántica.

Debemos recordar que gracias al vínculo atlántico fue posible la derrota de los totalitarismos nacional-socialista y comunista. Un vínculo atlántico que está basado en ideas muy claras: la libertad, la democracia y la necesidad de una Europa unida.

De ahí el interés para Europa de una Alianza Atlántica capaz de cumplir la misión para la que fue creada, que no es otra que defender la libertad de los aliados. Una Alianza a la que Europa contribuye, y debe seguir haciéndolo cada día más, de forma responsable y decidida.

La Europa atlántica tiene también una dimensión económica, que la Fundación expuso en nuestro informe Por un área atlántica de prosperidad, publicado en 2006.

Es un buen momento para que Europa reflexione sobre todo esto y mire más hacia los Estados Unidos y, sobre todo, para que Estados Unidos mire más hacia Europa.

Europa hoy no es una prioridad para EE.UU.. Deberíamos preocuparnos de reflexionar sobre cuál es la situación de Europa en un nuevo escenario en el cual la Administración norteamericana tienes puestos sus objetivos en otros lugares.

Europa es un continente con una demografía declinante. En 2004 había una persona inactiva por cada cuatro personas en edad de trabajar. Si no se corrigen las tendencias demográficas actuales, en 2050 habrá una persona activa por cada dos personas en edad de trabajar.

Con estas cifras en la mano es más que previsible un aumento del gasto en salud y pensiones. La gran pregunta es cómo van a hacer frente las sociedades europeas a este aumento de las necesidades si la población activa desciende de forma tan abrupta.

Debemos ampliar las posibilidades de vida laboral para aquellas personas que puedan y deseen seguir trabajando.

Hay que hacer un gran esfuerzo para estimular la natalidad, incrementar la productividad y evitar los abusos en los sistemas de protección social.

Hay que introducir criterios de mercado para que mejore la eficiencia en la prestación de los servicios sociales, como ya se ha puesto en marcha con éxito en Suecia con la sanidad, la educación y el cuidado de los mayores.

Europa debe prepararse para competir en el mundo global. Somos conscientes de que la economía del conocimiento es un factor decisivo para el futuro de Europa. Y para lograr el éxito en esa economía del conocimiento será clave la mejora de los sistemas educativos en todos sus niveles. Sería mejor que la universidad se dedicara a elevar el nivel educativo que a otras cuestiones.

Si Europa desea ser la zona económica más próspera y dinámica del mundo tendrá que fomentar la competencia y la excelencia de los sistemas educativos.

Estas ideas económicas que he compartido con ustedes son las que propongo para Europa.

Los españoles hemos visto desde hace varias generaciones que nuestra libertad y democracia tenían que estar integradas en Europa. Para España, Europa fue un acicate que aceleró el motor de cambio de nuestra Transición y nuestra normalización democrática.

Queríamos compartir las ideas de Europa, que son las ideas que hicieron posible la Transición. Gracias a esas ideas, nos adherimos a las Comunidades Europeas y nos incorporamos a la OTAN. Gracias a esas ideas, los españoles cambiamos una España resignada y encerrada por una España vibrante, abierta y dinámica. España tuvo la ambición de convertirse en una democracia que contara en Europa.

Soy un entusiasta defensor del europeísmo de los padres fundadores de la Unión. Ellos defendían, como defiendo yo, una Europa basada en los Estados nacionales, que evite la arrogancia de las utopías inalcanzables. Consciente de su historia y de sus raíces cristianas. Una Europa abierta y con voluntad de competir en el mundo global.  Una Europa atlántica, en perfecta sintonía con nuestros aliados americanos. Una Europa influyente, con una economía libre, abierta y dinámica.

Una Europa que sea, como fue, capaz de anticiparse a los consensos del futuro.

Por esa Europa trabajamos y seguiremos trabajando”.
 

 

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