Bankia y su marketing inmobiliario de guerrilla

Madrid. Acabo de salir de una sucursal de Bankia en el barrio madrileño de Aravaca, y la sensación no puede ser más deprimente. No hay un alma, la mitad de las mesas de los empleados están desocupadas, y los que todavía las ocupan tienen un gesto de cordero degollado que asusta.

Pero no es lo que más llama la atención. Sí lo hace comprobar cómo la entidad presidida ahora por José Ignacio Goirigolzarri ya tiene casi como único cometido el de vender sus activos inmobiliarios al precio que sea. Esos activos que le llevaron a acumular un agujero de más de 20.000 millones de euros, el motivo principal por el que el Gobierno se vio obligado a solicitar a la Eurozona, el pasado mes de mayo, la ayuda financiera de hasta 100.000 millones de euros.

Pues bien. A lo que iba. A la hora de venderlos no se han preocupado de echar mano de novedosas técnicas de marketing moderno. Ni redes sociales, ni 2.0, ni ‘speed networking’, ni nada por el estilo. Una treintena de folios A3, en horizontal o vertical, directamente grapados a la pared, abruman a los clientes. “Bankia Habitat. Descuentos de viviendas de hasta un 60%. Primera y segunda residencia. ¡¡Oportunidad!! Pregúntenos y le ayudamos a elegir la mejor opción”, se lee en el texto impreso, rubricado a pie de folio con una idílica casita de campo con techo a dos aguas.

Si a uno le dicen hace un año –cuando todo el mundo empezó a hablar del tema– que se imaginara qué diablos era eso del banco malo, no pocos  hubieran vislumbrado lo que hoy son muchas de estas sucursales bancarias.

Y es que no queda otra cuando te presionan de la manera que lo están haciendo el Estado, a través del FROB, y este, a su vez, condicionado por el Memorando firmado el pasado mes de julio en el que los socios comunitarios imponen el cumplimiento de una serie de cuestiones –el vender los activos es una de las principales– para poder acceder a la ansiada ayuda, si es que esta termina de llegar algún día. Ya saben lo último, esas presiones de los países del norte de Europa a que la maldita ayuda, o soga al cuello diría yo, computen como deuda pública y no, como acordaron en el Consejo del pasado junio, se inyecte directamente por el fondo de rescate en las entidades.

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