jueves, 29 septiembre 2022
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Soy idiota: no me creo el éxito de Seseña

Soy idiota. No lo digo yo, sino que es el arquitecto técnico Miguel Villarroya quien lo dice en un reciente artículo, aunque a mí no me importe reconocerlo abiertamente: soy de ese tipo de idiotas a los que nadie ha escuchado en España en las últimas décadas. Nos gustaba más cuando nos llamaban urbanistas (o, en mi caso, geógrafo; en otros, ingeniero, arquitecto, etc.) pero lo de idiotas tampoco está tan mal.

Soy idiota, está claro, porque pienso que el territorio es el bien menos renovable con que contamos los seres humanos y que es necesario gestionarlo eficientemente. Soy idiota, ya lo saben, porque no me parece que construir viviendas infinitamente sea la solución a una crisis económica, ni de ningún tipo. Soy idiota, quizás también, porque no me he dado cuenta de que para algunos es más fácil seguir defendiendo la necesidad de construir muy por encima de la demanda actual y futura que  reciclarse profesionalmente.

Dice  Villarroya en su artículo ya citado que no está satisfecho con que la construcción de viviendas en España esté en la media europea; que él desearía más. Y yo debo ser idiota por pensar que en un país en que hay más de tres millones de viviendas vacías, miles de hectáreas de suelo urbanizado sin edificar y suelo urbanizable para construir quizás hasta diez millones de viviendas más, lo natural sería que no se estuviese edificando casi nada (y digo casi, porque la geografía de las viviendas vacías no se corresponde con la de los demandantes de vivienda, por lo que algunas pocas quizás sí hagan falta).

Es de idiotas, por supuesto, pensar que el sprawl hasta el infinito no es una buena idea. Soy idiota porque creo que no se puede estirar el área metropolitana de Madrid hasta Ávila, Toledo, Guadalajara o incluso Valladolid, proyectando y construyendo decenas de miles de viviendas en mitad de la nada. Y claro, mi idiotez la demuestran los rotundos éxitos de Seseña, Ciudad Valdeluz o el 'plan 100.000' de Ávila.

Soy idiota porque no hincho las predicciones de crecimiento demográfico para justificar que entre el 10% y el 20% del suelo de municipios como Madrid, Sevilla o Valladolid (con planes aprobados y desarrollados por gobiernos de diferentes partidos políticos, y es que este asunto no va de ideologías ni colores) sea urbanizable, a pesar de que a la vista no ya de las tendencias actuales, sino del crecimiento demográfico esperable cuando pronto salgamos de la crisis pasará casi medio siglo hasta que pudiera ser necesario urbanizar más suelo residencial (o incluso más tiempo, si se optase, como parece más razonable y muchos defendemos, no por seguir consumiendo suelo sino por densificar la ciudad difusa y rehabilitar la ciudad preexistente, como de una forma muy sensata nos invitan a hacer las últimas leyes en la materia).

Pese a todo tengo que decir que no me molesta tanto estar en el grupo de los idiotas de Villarroya. No tengo malos compañeros. Otro idiota es, según nuestro colega, el Secretario General de la OCDE, al que se le ocurrió decir que hay que abandonar la economía "del ladrillo", apostar por la formación de los desempleados y cambiar hacia el modelo de la economía del conocimiento. Un cliché para 'progres' según él. Hoy descubro que, yo que me creía nada sospechoso de 'progresía', además de idiota soy de izquierdas (¡qué disgusto!).

Me sorprende y me molesta que un profesional de una disciplina con incidencia en el territorio como Villarroya ponga etiquetas políticas a las ideas científicas; etiquetas que no se corresponden con la realidad (si no, fíjense en barbaridades urbanísticas como las de Rivas-Vaciamadrid, gobernado por comunistas casi desde el inicio de la democracia), para intentar justificarse. Pero me molesta, sobre todo, que se trate de lavar la imagen de nuestro urbanismo con argumentos tan zafios como que si la burbuja inmobiliaria provocó una situación de extrema liquidez debemos forzar otra burbuja inmobiliaria (por encima de la sostenibilidad social y ambiental, pero también por encima de la sostenibilidad económica) para volver a tener liquidez.

Afortunadamente la mayoría de los profesionales del territorio no pensamos así, pues no es con esos argumentos, sino con los contrarios, como podremos limpiar la denostada imagen del urbanismo y de los urbanistas españoles.  Los urbanistas hacemos falta porque la ordenación del territorio y la gestión de la ciudad son disciplinas muy complejas que se encargan de labores de las que depende en buena medida la calidad de vida de los ciudadanos; porque para urbanizar suelo sin más, sin límite, sin sentido y sin coherencia es para lo que no hacemos ninguna falta. Eso lo hace cualquiera. Ni siquiera los inmobiliarios o los constructores podrían hoy defender las tesis de Villarroya, porque saben -y han visto- que sus beneficios dependen de una ordenación del territorio coherente y ajustada a las necesidades de la sociedad (entre otras, a su demanda real de viviendas).

Lo reconozco, soy idiota; y ojalá lo fuésemos todos.

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