Sobre el error de exigir ‘sostenibilidad’ a los productos y no a los edificios

Madrid. Hace unos meses estuvimos en una de las ferias más importantes de la construcción en España. IPUR, la asociación que representa a la industria del poliuretano, tenía un stand donde contábamos a los visitantes los beneficios del aislamiento en general y de nuestro material, en sus diferentes formatos y aplicaciones, en particular.

Me chocó que además de las consultas técnicas habituales en este tipo de encuentros, nuestros visitantes se interesasen por el grado de sostenibilidad del poliuretano y las certificaciones o “etiquetas” que poseía este material para su uso en la edificación.

Aunque como presidente de IPUR podría enumerar de carrerilla las ventajas y prestaciones medioambientales, económicas e incluso sociales, en cuanto a calidad y confort de las viviendas aisladas con poliuretano, considero un error que se identifique un concepto como la sostenibilidad con un determinado producto o grupo de productos.

Los materiales que se emplean para construir un edificio no son sostenibles, ni dejan de serlo, hasta que se integran en él y contribuyen a que el uso de la vivienda, oficina, hospital o nave industrial edificada sea eficiente. En el hormigón tenemos un claro ejemplo. Es quizás unos de los materiales que más impacto medioambiental genera en su fabricación, sin embargo su gran durabilidad, hace que sean muchas las ventajas de construir con él.

No me gusta el sectarismo de quiénes defienden sus materiales a capa y espada sin reconocer que un buen material, por sí sólo, no puede garantizar el buen uso de un edificio. Es más, nunca he considerado que otros aislantes sean competencia nuestra, cada uno tiene sus fortalezas y debilidades; mientras que nuestro verdadero “enemigo” son quienes levantan edificios sin dotarlos de un aislamiento adecuado que garantice el ahorro de energía y el confort tanto térmico como acústico.

Poliuretano, fibras minerales, poliestirenos… todos los materiales que aíslan un inmueble son sostenibles porque los impactos provocados por su ciclo completo de vida, que incluye su fabricación, transporte, puesta en obra, uso e incluso su transformación en residuos o posibilidad de reciclaje, son muy inferiores al beneficio que aportan al edificio en forma de ahorro de energía. De la cuna a la tumba. Todos los aislantes pueden encuadrarse como materiales que aportan sostenibilidad a los edificios en los que se instalan.

Pero no hay que olvidar que lo que a la postre es sostenible es el edificio que estamos aislando y no el material que utilizamos para hacerlo.  De hecho, el mejor aislante, mal instalado, será muy poco eficaz..

Me parece bien, que salgan al mercado etiquetas que declaren la idoneidad de tal o cual producto, pero creo sinceramente que los esfuerzos de las administraciones deben ir encaminados a promover la sostenibilidad de los edificios y que las políticas de incentivación tienen que favorecer a los inmuebles que sean capaces de producir el menor gasto de energía posible.

Imagino a los edificios que se mostrarán en las ferias y congresos de dentro de unos años como construcciones eficientes, capaces de generar energía para autoabastecerse. Para ello, tendrán antes que haber reducido al mínimo sus necesidades de consumo de energía y eso sólo podrá conseguirse con un nivel de aislamiento óptimo, eficiente y duradero. Y, claro, con materiales que sean capaces de garantizarlo durante muchos años. La energía más limpia y renovable, es aquella que se ahorra y no se consume.

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