¿Y si en lugar de ladrillos cultivamos patatas y tomates?

Algo de pena sí que da el ir por muchos de esos pueblos y ciudades, y ver cómo aquellos terrenos de las afueras, que hace apenas tres lustros eran zonas de cultivos y fueron vendidos a manos llenas, están ahí muertos de risa. Sin cultivar y sin edificar, y así seguirán décadas si alguien no lo remedia.

Los agricultores, en muchos casos, obtuvieron buenos negocios, aunque algunos de esos ilusos promotores compradores fueran luego diciendo por ahí que habían hecho el negocio de su vida comprando unos terrenos a esos precios, y visionando ya lo que les reportaría una vez llenados de pisos y chalés.

Aquel cuento de la lechera que, en muchos casos, terminó antes de empezar. Ni campos de golf ni viviendas. A lo sumo, obras de urbanización a medio hacer, con el trazado de las calles y las rotas farolas de diseño que las jalonan.

No sería la primera vez en la historia que, aunque algunos no lo vean ni en pintura, volver a explotar el campo sería una solución. Si no definitiva, sí al menos temporal. Evidentemente con ello no se obtendrían los beneficios esperados con el ladrillo, pero mejor esto que nada.

En Valencia, epicentro de esta locura colectiva en la que se embarcaron tanto promotores como también los propios agricultores, a los que se les hizo los ojos chirivitas con el cuento que les vendieron, el Ejecutivo presidido por Alberto Fabra se está planteando ir en esta dirección.

Todavía no hay nada firme, y todos saben que, como consecuencia de aquellas ventas de los terrenos, éstos siguen valiendo –o eso creen sus propietarios– un dineral, confiando en que algún día se puedan llevar a cabo aquellos proyectos fracasados. Pero, si no de forma generalizada en toda la región, sí en algunos municipios se está viendo la posibilidad de  que esas iniciativas de crear bancos de tierra –ya puestas en marcha a nivel municipal con resultados esperanzadores– se generalicen en toda la región.

Una ley para explotar el suelo que no ha sido edificado y que es difícil que lo sea nunca, que pasaría, en primer lugar, por realizar un inventario con todos los terrenos potencialmente reciclables y, a partir de ahí, ver qué futuros agricultores estarían interesados de cara a llevar a cabo la futura explotación agrícola.

Como siempre, el inevitable tema económico en un momento dado tendrá que salir a la palestra, para ver de qué manera se compensa a los propietarios de estos suelos. Evidentemente, no se les pagaría ni de lejos lo que pagaron por ellos, pero a algunos, seguramente en una situación financiera más que delicada, tampoco les vendría mal obtener algo de liquidez.

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