domingo, 5 febrero 2023
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Aznar: ‘España vuelve a querer estar entre los mejores’

Madrid. El expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación FAES, José María Aznar, ha afirmado que tiene confianza en que España vuelva a ser el modelo a imitar para alcanzar la excelencia. Asimismo ha asegurado que “afortunadamente, España vuelve a tener ambiciones. Vuelve a querer estar entre los mejores”. Aznar hizo estas declaraciones ayer por la tarde, en la clausura del IV Congreso Internacional de Excelencia celebrado en Madrid.

“Tengo confianza en que, de nuevo, serán otros los que tomarán a nuestro país como referencia de comparación. En que verán en España el modelo a imitar, el camino a seguir para alcanzar la excelencia. Esa es mi confianza. Y esa sigue siendo mi ambición para España”, ha dicho.
 
El expresidente del Gobierno ha afirmado asimismo que “hoy, afortunadamente, España vuelve a tener ambiciones que merecen ese nombre. Vuelve a querer estar entre los mejores. Vuelve a querer ser una de las mejores democracias del mundo. Tengo gran confianza en que, pese a las dificultades, podremos lograrlo”.

En este sentido, Aznar ha recordado que durante su etapa de Gobierno su aspiración para España fue “lograr que fuera una de las mejores democracias del mundo”. A su juicio, dicha aspiración “constituyó un impulso decisivo que hizo avanzar a España en la dirección correcta. Ser una de las mejores democracias del mundo significaba -y significa- tener una de las economías más competitivas, uno de los Gobiernos más rigurosos, una de las sociedades más activas y pujantes”.

Aznar ha subrayado que “esa ambición fue la que hizo posible que España fuera un Estado fundador del euro, que nuestras capacidades de crear empleo fueran espectaculares, que la valoración de nuestra deuda fuera mejor que la alemana y que nuestro nivel de renta se acercara a la media europea tanto como se acercó. Y fue también la causa de que se nos respetara en el mundo”.

ESTÁNDAR GLOBAL

En su intervención, Aznar ha definido la excelencia como “la capacidad de destacar por hacer las cosas muy bien allí donde lo normal sea que se hagan bien. Y que se hagan bien atendiendo a un estándar global, no local” porque “la excelencia local ya no es excelencia real”.

Aznar ha afirmado además que “el concepto de excelencia no puede entenderse como sinónimo de élite, de exclusividad o de grupo cerrado. Al contrario, tiene que entenderse como modelo social a imitar por todos”. “Y para ello es necesario mantener una exigencia y una ambición capaces de movilizar todo el talento y todos los recursos que ya existan en la sociedad, además de crear talentos y recursos nuevos”, ha señalado.

Aznar ha apuntado que “la excelencia se mide por comparación. Y la clave de que la búsqueda de la excelencia produzca beneficios sociales reales depende de la transparencia, de la honestidad, de la autoexigencia y de la ambición con la que seamos capaces de establecer los términos de esa comparación”. En este sentido, ha considerado que “la excelencia que tenemos que buscar es la que se define por comparación con lo mejor”.

A continuación, se reproduce íntegramente la intervención de Aznar en el IV Congreso Internacional de Excelencia:

“Después de una jornada tan intensa como la que han tenido hoy, estoy seguro de que agradecerán que apenas disponga de unos pocos minutos para proceder a la clausura oficial de este IV Congreso Internacional de Excelencia.

La brevedad es siempre una cortesía, y aún lo es más cuando uno es el último de una larga lista de ponentes que les han mantenido a ustedes ocupados a lo largo de todo el día y desde una hora temprana.

Pero además de respetar las reglas de la cortesía que aconsejan que mi intervención sea breve, también quisiera respetar las que aconsejan que mi intervención tenga algún interés. De manera que quiero aprovechar este tiempo para exponer algunas ideas acerca de lo que nos ha convocado hoy aquí, acerca de la excelencia como virtud y de sus saludables efectos económicos y sociales.

Voy a hacerlo formulando y tratando de responder una pregunta muy sencilla, pero, a mi juicio, una pregunta pertinente: hablamos de excelencia, pero de excelencia con respecto a qué.

La excelencia se mide por comparación. Y la clave de que la búsqueda de la excelencia produzca beneficios sociales reales depende de la transparencia, de la honestidad, de la autoexigencia y de la ambición con la que seamos capaces de establecer los términos de esa comparación.

Yo quiero darles mi respuesta: la excelencia que tenemos que buscar no puede ser la que se define por contraste con lo normal. La excelencia que tenemos que buscar es la que se define por comparación con lo mejor. Como se ha hecho hoy en este Congreso.

La excelencia ha de ser algo más que la capacidad de destacar por hacer las cosas bien en un paisaje en el que lo habitual sea hacer las cosas mal. Ha de ser la capacidad de destacar por hacer las cosas muy bien allí donde lo normal sea que se hagan bien. Y que se hagan bien atendiendo a un estándar global, no local.

Hablar de excelencia local en un mundo global no sería más que esconder un problema detrás de una denominación grandilocuente. Porque la excelencia local ya no es excelencia real.

Todo esto significa, en mi opinión, que los poderes públicos tienen que acometer simultáneamente dos tareas. Una de ellas es favorecer, animar y premiar a quienes son capaces de destacar por hacer las cosas mejor que el conjunto. La otra es ayudar a que destacar sea cada día más difícil, porque el conjunto sea cada vez mejor.

El concepto de excelencia no puede entenderse como sinónimo de élite, de exclusividad o de grupo cerrado. Al contrario, tiene que entenderse como modelo social a imitar por todos, como ejemplo para todos. Para que se asuma de manera general el compromiso permanente de hacer las cosas cada vez mejor, casi como un estilo de vida.

Y para ello es necesario mantener una exigencia y una ambición capaces de movilizar todo el talento y todos los recursos que ya existan en la sociedad, además de crear talentos y recursos nuevos.

Es posible que en alguna ocasión me hayan oído decir que durante mis años de Gobierno mi aspiración para España fue lograr que fuera una de las mejores democracias del mundo. Mantengo esa aspiración para mi país, y creo que constituyó un impulso decisivo que hizo avanzar a España en la dirección correcta.

Ser una de las mejores democracias del mundo significaba -y significa- tener una de las economías más competitivas, uno de los Gobiernos más rigurosos, una de las sociedades más activas y pujantes.

Esa ambición fue la que hizo posible que España fuera un Estado fundador del euro, que nuestras capacidades de crear empleo fueran espectaculares, que la valoración de nuestra deuda fuera mejor que la alemana y que nuestro nivel de renta se acercara a la media europea tanto como se acercó.

Y fue también la causa de que se nos respetara en el mundo, de que ser español no fuera cualquier cosa, en ningún sentido.

Conseguimos acercarnos a las mejores democracias porque decidimos que nuestra comparación debíamos hacerla con ellas, aunque eso implicara sacrificios. Así logramos progresar mucho más de lo que algunos creían posible.

Todos sabemos lo que vino luego. Las referencias de comparación cambiaron, y cambiaron para mal. Y todos sabemos también hasta dónde nos ha llevado eso.

Hoy, afortunadamente, España vuelve a tener ambiciones que merecen ese nombre. Vuelve a querer estar entre los mejores. Vuelve a querer ser una de las mejores democracias del mundo. Tengo gran confianza en que, pese a las dificultades, podremos lograrlo.

Tengo gran confianza en que dentro de algunos años el caso de España podrá ser expuesto como una de las historias de éxito en la búsqueda de la excelencia económica, social, cultural y política.

Tengo confianza en que, de nuevo, serán otros los que tomarán a nuestro país como referencia de comparación. En que verán en España el modelo a imitar, el camino a seguir para alcanzar la excelencia. Esa es mi confianza. Y esa sigue siendo mi ambición para España”.

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