Wednesday, 10 August 2022
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Desde la cubierta de popa

El Titanic partió el 10 de abril de 1912 del puerto de Southampton iniciando su primera y única singladura con un destino, Nueva York, al que jamás llegó. Este coloso de 269 metros de eslora, 28 metros de manga y una altura similar a la de un edificio de once pisos, era considerado (al igual que su gemelo el Olympic) una obra maestra de la ingeniería naval. Además de ser un palacio flotante, los más eminente ingenieros afirmaban que era el trasatlántico más seguro de todos los tiempos. Incapaz de hundirse gracias a su doble fondo de compartimentos estancos que permitía al barco mantenerse a flote incluso con cuatro de estos espacios inundados. Pues bien, en apenas dos horas y cuarenta minutos el admirado prodigio se posaba en el fondo del océano tras colisionar con un iceberg. Durante el hundimiento, los ocho miembros de la banda de música se situaron en la cubierta de popa y siguieron tocando como si nada ocurriese.

A lo largo de los últimos 15 años, Wall Street era considerado el Titanic de las finanzas internacionales. La alta ingeniería financiera que destilaban sus acristalados rascacielos había logrado la cuadratura del círculo. La Reserva Federal del Gurú Greenspan ponía el dinero barato y el caldo de cultivo del desastre. El dinero barato hacía que la deuda presentara una rentabilidad insuficiente. Los Investment bankers y los sacerdotes de Wall Street se encargaron de diseñar los nuevos productos altamente atractivos (incluyendo la titulización de hipotecas de alto riesgo). Los hedge funds y otros instrumentos de inversión agresiva cargaron carretillas de deuda titulizada y otros activos de alto riesgo. Los investment managers, ante la escasa rentabilidad de la deuda pública acudieron a productos alternativos, de mayor rentabilidad y riesgo. Los Risk Managers de los grupos financieros y de las gestoras de fondos de inversión y planes de pensiones fueron proscritos y acusados de aguafiestas. Y al final los ahorradores de todo el mundo fueron inconscientemente, aunque también a causa de su irresponsabilidad, manipulados de forma que sus depósitos acabaron invertidos en activos de alto riesgo.

Faltan algunos actores en este sainete: Las agencias de calificación que fueron burladas por los inteligentes banqueros que consiguieron a través de complejísimos mecanismos de ingeniería financiera, el beneplácito de las agencias a sus estructuras de inversión, que fueron reiteradamente calificadas como solventes. Y por último los auditores, que como es más habitual que deseable, con tener un papelito firmado por un tercero justificando las valoraciones de activos, fueron capaces de aceptar acumulaciones de riesgo estratosféricas sin hacer una sola mención en sus informe de auditoria.

Además de la Reserva Federal, la banca de inversión, las gestoras de fondos y los impositores, tenemos finalmente otros dos cómplices del desastre: El primero es la banca minorista que con su red de oficinas extendió el sueño de la clase media de la vivienda en propiedad entre inmensas capas de población norteamericana. Que por otra parte es lo que pretendía Clinton tras el crash de las puntocom. Concedió hipotecas de alto riesgo a espuertas y propagó el que a la postre sería un gravísimo virus inoculado por Greenspan y que acabó en pandemia. Por último tenemos al promotor inmobiliario. Si, el promotor fue durante años cómplice encantado de la úlcera por la que más tarde se desangró el sistema financiero. Porque se ha reconocido por altísimos ejecutivos de Wall Street que los bancos acudían directamente a los promotores del sur de Califonia (y de España) para ofrecerles ingentes cantidades de capital, no solo préstamos sino incluso bridge equity loans, o lo que es igual, un apalancamiento absoluto que el becario más ingenuo de un departamento de riesgos debería deplorar, para que emprendieran transformaciones de suelo a riesgo que alimentaran la sed de viviendas que se extendía entre la población.

Esta pandemia se extendió a lo largo de los años por todo el mundo. El sistema financiero globalizado impedía, como debe ser, que existieran cortafuegos de forma que si no se curaba en origen, el contagio del virus sería imparable. Y así fue. Cuando Greenspan dejó paso a Bernanke, ya era consciente de que todo estaba perdido. Bernanke encontró una burbuja, una úlcera diría yo, de proporciones biblicas y unos fundamentales que no ayudaban nada puesto que el precio del petróleo se había disparado y lo mismo ocurría con las materias primas. La demanda mundial recalentada estaba presionando al alza todos los precios y la amenaza de inflación y de desestabilización monetaria convenció a Bernanke de que debía subir los tipos. Igual Uma Thurman en Pulp Fiction, el enfermo acusó el chute de adrenalina produciéndose una híper-reacción. La pestilente buba estalló en mil pedazos y la economía quedó en coma. Ahora estamos recogiendo los restos del naufragio. Muchos quieren ver ya la luz al final del túnel. Pero la luz no está ahí. Algunos indicadores han tocado fondo. Pero otros muchos no lo han hecho aún. Estamos caminando sobre el filo de la navaja. Si la deflación nos amenaza con recrudecer la crisis, la inflación también nos está esperando agazapada. El endeudamiento masivo de las arcas públicas mundiales es un tratamiento de choque pero no una curación. El virus oportunista sigue ahí. Veremos un coletazo de los precios que Trichet y Bernanke podrían entender como señal para subir tipos. Pero con el paro actual, la inversión y el consumo bajo mínimos y la enorme deuda acumulada en los Estados, este escenario supone una clarísima prolongación de la situación actual de parálisis. Y lo peor es que si fue un Gurú el que inoculó la crisis, es otro Gurú el que sostiene las políticas actuales de endeudamiento masivo. Krugman toca el violín en la cubierta de popa. Lo malo es que Obama está embelesado con la música. Y Zapatero embelesado con Obama. El océano volverá a llenarse de náufragos, de contribuyentes.

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